
Imaginad una persona que va a correr un maratón. Suele ser alguien que habitualmente practique deporte, que lleve una vida sana y que esté habituada a entrenarse. Eso es lo que solemos hacer el resto del año como cristianos: intentar seguir los pasos de alguien llamado Jesús, practicando lo que él hizo: con oración, catequesis, yendo a misa los domingos, etc. Pero, a medida que se va acercando la fecha del maratón, esta persona se programa un entrenamiento aún más concienzudo con el fin de estar bien preparado y así poder alcanzar los primeros puestos en el podio.
Nuestro maratón se llama PASCUA DE RESURRECCIÓN y, si normalmente intentamos vivir según Cristo resucitado, cuando se acerca esta fecha intensificamos nuestro entrenamiento como cristianos. A esta etapa de entrenamiento inmediatamente anterior a la fecha de la pascua la vamos a llamar cuaresma. Se trata de vivir más intensamente y prepararnos con mayor tensión para vivir de una forma plena la mayor fiesta de los cristianos.

La oración debe ser una constante en la vida del cristiano, si no, ¿cómo vamos a conocer a aquél que seguimos? Pero en este tiempo se intensifica la oración, apoyada fundamentalmente mediante la lectura y profundización de la Palabra de Dios. De esta manera conectaremos mejor con la conversión personal que Dios quiere.

La limosna nunca puede caer en el limosneo. Me explico, a veces la limosna busca más limpiar nuestra conciencia que de verdad entregar algo de lo nuestro para que le ayude a los demás. Por eso, más que arrascarnos el bolsillo, nuestra limosna podría consistir en promover más el diálogo en casa, regalar una sonrisa a aquella persona con la que nos encontramos, dedicar nuestro tiempo a acompañar a los enfermos, comprometernos con alguna causa social y solidaria, buscar cauces de perdón con alguien con quien nuestra relación se haya deteriorado, etc.
Si nos entrenamos bien seremos capaces de llegar a la meta satisfechos de nosotros mismos y, sobre todo, mucha gente será la que salga beneficiada de nuestro entrenamiento. Con tesón, ganas y, sobre todo, sabiendo que alguien nos empuja desde “arriba”, viviremos con mayor intensidad la Pascua de Resurrección y nos sentiremos de verdad resucitados, experimentaremos que, de verdad, Dios ha pasado por nuestras vidas.